Siglo XIX

Hacia el 1800, el uso y elaboración del sombrero de paja fue en aumento, lo que se observa en el registro de una gran cantidad de cronistas que vinieron a América a atestiguar los procesos de independencia en curso. Ellos describieron e ilustraron una variedad de formas: sombreros de copa alta plana con ala corta, sombreros cónicos tipo bonete, de ala corta y de ala ancha. También aparecían en listados de tiendas y comerciantes. Ya entonces se observaba una diferencia entre el sombrero usado por el huaso elegante –de poncho y sombrero-y el utilizado por el campesino común, más tosco y de menor valor monetario.

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De las décadas de 1820 a 1850 existen numerosos registros gráficos y escritos que dan cuenta de la variedad de formas que adoptó el sombrero de paja, tanto en los autores más conocidos como J. M. Rugendas y Claudio Gay, como en otros registros menos visibilizados como Duperrey, D’Orbigny, Famin, Lafond, etc. También existen algunos escasos registros de sombreros de paja usados por mujeres, como es el caso de los grabados de John Constance Davie (1811-14), y María Graham (1822). Lamentablemente, por el tipo de ilustraciones y por el hecho de que no fueron dibujados en el momento, sino acudiendo a la memoria varios años después, resulta difícil deducir la técnica de tejido.

1814 Merchants ladies of Chili, Constance Davie. Colección Museo Histórico Nacional (Fuente: Surdoc).

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Maria Graham relata en 1822 que los chilenos tenían la ‘costumbre de hilar, tejer, teñir y hacerse todas las cosas para su uso en su misma casa, excepto los zapatos y sombreros, los que se podían comprar en el comercio’. Reconoce que las únicas industrias que vio fueron las de cerveza y sombreros, aunque probablemente se refiera a sombreros de fieltro. La autora cuenta que tuvo que adaptarse a la moda local con influencia francesa –con sombrero incluido-, pero al ingresar a iglesias tenía que cambiarse al atuendo español, con manto o mantilla cubriendo el pelo. También hace notar que las mujeres en general preferían dejar su cabeza descubierta para lucir una larga trenza.

Al igual que todos los autores que visitaron Chile en esos años, Graham (1822) describe un vestuario lleno de color y adorno en mujeres, en hombres de ciudad y huasos. Poeppig –unos años más tarde- habla de muchos hombres de ciudad nostálgicos de la vida de campo que circulan en las calles de la capital ataviados de ponchos, botas y anchos sombreros de paja. Y también describe a huasos ‘que llegan entonces a la ciudad con los sombreros adornados con los zarcillos florecidos de una de las plantas más finas del país, el relicario, de color rojo purpúreo’.

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En este mismo período surgió el término ‘chupalla’, asociado a los sombreros de paja comercializados en tiendas del ramo, en especial los sombreros más populares (Núñez y Lacoste, 2017). La palabra chupalla es de origen quechua y alude a la “achupalla”, una planta bromeliácea de cuyas hojas se sacaban tirillas que se tejían para confeccionar sombreros (Morales, 2020).

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Desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante, la producción de sombreros en paja se fue consolidando como parte de la cultura campesina de la zona central, desde el valle del Aconcagua hasta el Biobío; aunque dentro de esta zona, el río Maule marcó una diferencia con el uso de sombreros tipo bonetes hacia el sur y con ala hacia el norte.

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Ya en 1850 encontramos numerosos registros de usuarios de chupallas rústicas y sombreros más finos, gracias a la llegada de la fotografía. La mayoría de estos registros muestran a campesinos y sobre todo a huasos (Guajardo, 1997), lo que permite observar la evolución que tiene el sombrero del hombre de a caballo de la zona central de nuestro país. En este período se hace notar fuerte la influencia inglesa llegada de la mano del ferrocarril: la vestimenta colorida de la primera mitad del siglo desaparece, y es más frecuente encontrar registros de sombreros de fieltro que de paja trenzada. Lentamente el sombrero de huaso se va aplanando, la copa baja de altura y se va ensanchando el ala, siguiendo la línea del sombrero cordobés, hasta llegar a fin de siglo a sombreros de ala muy ancha. Nuevamente no es posible deducir de las imágenes el tipo de tejido del sombrero, pero sí se puede distinguir si son sombreros de paja o de fieltro.

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Hacia fines del siglo, observamos el uso de sombreros de fieltro y de paja. En estos últimos notamos el ensanchamiento del ala del sombrero de huaso, hasta el punto de parecer un modelo mexicano.
Durante esta misma época las mujeres citadinas usan sombreros de paja con adornos de flores, pero desconocemos si eran de producción nacional. Si nos atenemos a las piezas conservadas en museos, estos sombreros femeninos eran importados.

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De esta época ya contamos con las memorias de las familias de chupalleros, quienes refieren que hubo una gran producción de sombreros toscos hechos totalmente a mano, usados en faenas de campo por hombres y mujeres. Dada el ambiente modesto en que se desarrolló esta actividad, no existen registros gráficos, ni piezas en museos.

Y si bien en sus inicios los sombreros de paja fueron utilitarios y de bajo precio, elaborados enteramente a mano con los descartes de la cosecha del trigo – tal como recuerdan los artesanos-, estudiosos como Lago consideran que la importación de sombreros de pita y de jipijapa desde Perú y Ecuador −desde la segunda mitad del siglo XVIII, y todo el siglo XIX− fue una influencia significativa para estimular la producción de sombreros de mejor calidad. Según relatan cronistas, se trataba de sombreros finos y caros, de alta copa y anchas alas (Lago, 1999). Esta influencia se materializó sólo en cuanto a la calidad y estética de los sombreros, pues tanto los de jipijapa en paja toquilla, como los de pita son tejidos, no trenzados ni ensamblados en técnica de aduja, y en la zona en estudio no se elaboraron sombreros similares.

Bibliografía

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D’Orbigny, A. (1826). A voyage dans l’amerique meridional. París: Pitois-Levrault et Ce.; Strasbourg: Ve. Levrault, 1835-1846.

D’Urville, D. (1837-1840) Voyage au Pole Sud et dans l’Océanie sur les corvettes l’Astrolabe et la Zélée : exécuté par ordre du roi pendant les années 1837-1838-1839-1840 sous le commandement de M. Dumont-D’Urville, capitaine de Vaisseau. Paris : Gide et Cie.

Duperrey, L.I. (1826). Atlas Voyage autour du Monde. París: Arthus Bertrand, libraire-éditeur, Rue Hautefueille, (23).

Famín, C. (1839). Historia de Chile. Barcelona: Imprenta del Guardia Nacional.

Gay, C. (1982). Album de un Voyage d’un la Republique du Chili. Santiago: Editorial Antártica.

Graham, M. (1972). Diario de mi residencia en Chile en 1822. Buenos Aires: Colección viajeros, Editorial Francisco de Aguirre.

Guajardo, V. (2022). El uso y creación de los sombreros de teatina en la Región de O’Higgins. Proyecto Bajo la Lupa, Subdirección de Investigación, Servicio Nacional del Patrimonio Cultural.

Guajardo V. (1997). Urdiendo una Memoria. (Tesis para optar al título de diseñadora) Pontificia Universidad Católica de Santiago, Chile.

La Perouse (1727). Voyage de La Perouse Autour du Monde. París: Pourrat Frères.

Lafond de Lurcy, G. (1844). Voyage Autour du Monde, tomo IX. París: Pourrat Frères.

Lago, T. (1971). Arte popular chileno. Santiago: Editorial Universitaria S.A.

Lago, T. (1999). El huaso. Santiago: Editorial Sudamericana.

Morales, B., (2020). El trigo: historia de un inmigrante que se integró a la identidad chilena. Chupallas de Ninhue y Cuelchas del Itata. Recuperado de https://chupallasycuelchas.cl/historia/

Núñez E. y Lacoste P. (2017). Historia de la chupalla: sombrero de paja típico del campesino chileno. Idesia [online], 35,(1), 97-106. ISSN 0718-429. http://dx.doi.org/10.4067/S0718-34292017005000017

Poeppig, E. (1960). Un testigo de la alborada de Chile (1826-1829). Colección Historia y Documentos. Empresa Editora Zigzag.

Rugendas, M. (1970). Álbum de Trajes Chilenos. Santiago: Edición Facsimilar. Editorial Universitaria.

https://www.fotografiapatrimonial.cl/

http://www.memoriachilena.gob.cl 

Texto: Verónica Guajardo Rives

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